Historias del Mar y de la Vida. Entrevista con Roberto Fuentes, Parte II.

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“Por excelencia, la Antártida es la herencia de las generaciones futuras”.-  Jacques Cousteau.

El Hombre que Viajó al Fin del Mundo

De Roberto Fuentes aprendimos sobre su pasión por el mar que lo ha llevado a recorrer el planeta en búsqueda de aventuras inigualables y los animales marinos más peligrosos.

En el lugar más lejano de la Tierra, en el continente cubierto de hielo, habita uno de los depredadores más despiadados de la naturaleza. Después de nadar con tiburones y prepararse para nadar en agua helada, Roberto decidió viajar a la Antártida para conocer a esta bestia de 400 kilos, y por supuesto, me platicó la historia.

JP. ¿Por qué viajar a la Antártida? En qué momento piensas, ¡tengo que ir ahí!

RF. Porque viendo la lista de los animales marinos más “malos”, hay un personaje llamado Foca Leopardo, que está considerado como la séptima especie más peligroso del mundo, y tenía que conocerla.

JP. ¿Recuérdame cuáles son las que encabezan la clasificación de animales marinos más peligrosos?

RF. En primer lugar están los cocodrilos de agua salada, en el segundo los tiburones y en el siete está la foca leopardo, que es muy impresionante y el depredador alfa de la Antártida. Es un cazador implacable que llega a matar hasta quince pingüinos al día, pero también es muy cruel.

JP. ¿Concientemente? ¿Cómo las orcas?

RF. Sí, al grado que si ve una presa no la mata inmediatamente. Le muerde una ala para que no pueda nadar y lo deja malherido mientras va en búsqueda de otra víctima. Parecido a lo que hacen las orcas que sabemos se ponen a ‘jugar’ con su presas antes de comérselos.

JP. Tengo entendido que en cierta forma las orcas lo hacen para entrenar a las crías, ¿no? Pero la foca leopardo es simplemente despiadado. Es un bully.

RF. Sí, lo hace por diversión. Puedes decir que es el bully de la Antártida. Es un animal de respeto que puede medir hasta cuatro metros y con dientes de dos o tres centímetros de largo. Para mi fue muy impactante verlo. Pero, vuelvo a lo mismo, ¿cuánta gente va a la Antártida y cuánta gente puede llegar a tener contacto con la foca como para que digan que los documentales amarillistas digan que es un peligro para el hombre?

JP. Claro, no creo que sean muchos los que puedan realizar estos viajes. Supe de algunos que fueron recientemente porque se los llevaron para un concierto de Metallica en la Antártida, incluso iban mexicanos.

RF. Sí, justamente estuve en ese barco. Es un rompehielos de cinco pisos y en el bar que está hasta arriba, tenía la placa del concierto de Metallica. Ahora se llama ‘Krill ‘Em All’, recordando el famoso disco de la banda “Kill ‘Em All”, sólo intercambiaron la palabra por la comida de las ballenas. El barco se llama Ortelius.

JP. Ya que decides ir a la Antártida, ¿cómo te preparas para el viaje?

RF. Eso si estuvo complicado. Yendo un poco para atrás, seguí viajando con Alex (el instructor de Roberto de quien hablamos en la primera parte de la entrevista), pero empecé a hacer mi propia lista de destinos a los que quería ir para encontrar específicamente ciertos animales o especies. Como te decía, realmente son muy pocos los que hacen estos viajes y empecé a investigar cómo podía llegar a la Antártida.

Hay dos grupos de buceo que los hacen: Rango Extendido de Luis Sánches, Dive Encounters de Gerardo del Villar, que por cierto también es un apasionado de los tiburones. De hecho, él me inspiró con su ‘Proyecto Tiburón’, que justamente se trataba de fotografiar a las distintas especies de escualos. Recientemente acaba de terminar un documental que se llama ‘Tiburones de México’, muy interesante porque dice que en todo el mundo hay 400 especies de tiburones de las cuales tenemos una cuarta parte en México. Desafortunadamente también es donde hay más pesca furtiva, pero es realmente impresionante lo que tenemos en nuestro país.

Pero en realidad el viaje que hice salió porque Luis Sánchez, literalmente el Jaques Cousteau mexicano (tiene nuestra edad buceando), había realizado una expedición al Polo Sur hace 10 años y nunca había conseguido quórum para regresar. Un día, de repente se abrió una fecha para buscar a la foca leopardo y me apunté. No estoy seguro si nos pusieron en el libro Guinness de récords, pero sé que fuimos la expedición más grande de buzos que ha ido a la Antártida: dieciocho en total. El barco, que normalmente es para turistas, nos dio un servicio especial de buceo.

Fue muy interesante como se concretó el proyecto porque los que nos empezamos a anotar éramos puros buzos más o menos experimentados que llevamos un entrenamiento especial.

JP. ¿Cuánto tiempo te llevó la preparación?

RF. Me preparé con seis meses de anticipación, sobre todo para acostumbrarme al equipo.

Cuando realizas un buceo normal usas un wetsuit, que a mi no me gusta usarlos, pero a muchos buzos sí. El traje tiene dos funciones: protegerte de raspones, picaduras y cualquier otro tipo de contacto con tu piel, y principalmente que no pierdas calor, es decir, protegerte del frío.

¿Cómo funciona el wetsuit? Tiene una capa de neopreno de distintos grosores y lo que hace es que deja entrar una pequeña cantidad agua, pero no permite que salga tan fácil o rápidamente.

JP. Y entonces con el cuerpo vas calentando esa poca agua dentro del traje.

RF. Exactamente. Es simple física ya que el cuerpo trata de igualar su temperatura con la temperatura del exterior. Tan simple como si te sientas en una silla fría, tu cuerpo la va a calentar. Si te metes a una alberca, el cuerpo va a intentar calentar el agua y por eso empiezas a perder temperatura, porque nunca vas a poder hacerlo; ahora imagínate en el mar. El wetsuit ayuda a retener esa pequeña capa de agua a una temperatura que el cuerpo puede igualar para mantenerte calientito.

El problema del traje es que se utiliza en aguas con temperaturas entre 15 y 19 grados centígrados, para los que aguantan nadar en aguas más frías. Pero en la Antártida el agua esta a menos dos grados, por lo que no sirven para nada.

JP. ¡Agua a menos dos grados centígrados!

RF. Sí, por la sal. El agua en la Antártida se empieza a congelar a menos cinco grados cuando se empieza a desprender la sal y finalmente se congela.

JP. Alguna vez escuché que meterte en el agua tan fría es como si te clavaran cuchillos en la piel.

RF. Tal cual. Por eso es difícil entrenarte en México, porque no hay aguas tan frías. Y también está el problema del traje porque el wetsuit no sirve, tienes que usar un drysuit que hay comprar.

JP. ¿Cuánto cuesta el traje?

RF. Aproximadamente tres mil dólares. Hay más caros, hay más baratos. El que yo compré me salió en eso.

JP. Sí, es mucho dinero, y ahora que dólar está a 19 pesos realmente se convierte en un hobby muy caro.

RF. Si, ya ni me digas. Afortunadamente cuando lo compré el dólar no estaba tan caro y aproveché una venta de black friday, por lo que se me salió todavía más barato. Lamentablemente es un traje que no he vuelto a usar, por lo que ahora quiero ir al Polo Norte para sacarle provecho.

JP. Pero con ese traje si vas cubierto hasta las narices.

RF. Algo así. Imagínatelo como una botarga, es la mejor forma de describirlo, con una lona impermeable y tres sellos para evitar que entre agua.

JP. Como un traje espacial de la NASA.

RF. También lo puedes ver así, como un traje espacial. Además abajo traes ropa térmica que llaman ‘undergarment’, que es como un mameluco súper grueso que te cuesta otros quinientos dólares y que hacen en Siberia, no lo hacen en otro lado del mundo, pero te mantiene muy caliente.

Te comentaba que necesitas un entrenamiento especial porque ese traje, a la hora que te metes al agua, se pega totalmente al cuerpo al grado que te duele. Por eso, constantemente le tienes que estar inyectando aire, para que se vaya separando. ¿Por qué? Porque si se pega al cuerpo entonces vas a terminar perdiendo temperatura por el agua helada.

Y ahí está lo complicado, porque tienes una doble flotabilidad: tu sigues usando un chaleco compensador, pero al meterle aire al traje, empiezas a subir. Por ponerte un ejemplo, si te pones bocabajo, entonces todo el aire se va a los pies y como un globo, vas para arriba. Por eso tienes que entrenar mucho para mantenerte vertical y tener una flotabilidad neutra.

Otra dificultad son los guantes que son de tres dedos -como ‘manita de puerco’- y de un grosor de siete milímetros; para sacar fotos es realmente complicado. Además el guante te aguanta cierto tiempo, veinte minutos máximo en el agua, después te empieza a dar tanto frío que se te engarrota la mano. El frío en las manos es lo que te saca del agua.

Con la cabeza pasa algo interesante porque traes una capucha de neopreno de nueve milímetros -más gruesa que los guantes- y ya te puedes imaginar la incomodidad, porque no te puedes ni voltear, pero al final te mantiene caliente.

Pero para llegar a la temperatura ideal pasas por un proceso en el que sientes que la Virgen te habla: ¡no te puedes imaginar el dolor cuando entras al agua! Es una sensación que dura de cinco a diez segundos en lo que tu cuerpo entra en calor, pero parece eterna. Por otro lado, hay una parte que siempre está en contacto con el agua helada: la zona de la boca donde tienes el regulador. Ahí no hay protección; cuando te sumerges empiezas a sentir que te clavan cientos de pequeñas agujas hasta que logras aclimatarte; sólo dejas de sentir dolor porque quedas totalmente adormecido, como cuando vas al dentista y te ponen anestesia local. Es interesante, porque incluso esa parte la puedes soportar, lo que te saca, como te decía, es cuando empiezas a sentir frío en las manos.

JP. ¿Cómo es la Antártida? ¿Cómo y a dónde llegas?

RF. Lo que hice fue volar de México a Buenos Aires y ahí tomé otro avión a Ushuaia, que es la ciudad más al sur del mundo, en la punta de la Patagonia. Es un lugar increíble y se come delicioso. Hacen un cordero patagónico que es una verdadera chulada, la mejor carne que he comido en mi vida; lo mismo el cangrejo (centolla), que se da mucho ahí. Son platillos tradicionales que preparan en todas las formas que te puedes imaginar.

Ushuaia es la capital de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. Fue fundada el 12 de octubre de 1884 por Augusto Lasserre y se ubica en las costas del canal Beagle, rodeada por la cadena montañosa del Martial. Además de ser un centro administrativo, es un nudo industrial, portuario y turístico; es la única ciudad argentina que se encuentra en el lado occidental de los Andes mundialmente conocida como 'la ciudad más austral del mundo'. Al ser un lugar turístico, además del español, se habla inglés, alemán y portugués, entre otros idiomas. 

De ahí te subes al rompehielos y son dos días de navegación para llegar al punto más al norte de Antártida, que es la parte de la península o la patita, que es la única parte en la que hay vida.

JP. ¿Ahí a dónde llegas? ¿Hay un poblado o algo?

RF. Nada. Es la zona del planeta donde se dan las temperaturas más bajas, hasta menos noventa y tres grados centígrados. Si comparas con el otro lado del mundo, la temperatura más baja registrada en el norte es de menos cincuenta y tantos grados. Por eso es tan inhóspito e impresionante el Polo Sur.

Polo Sur: Básicamente se trata de una gran masa continental llada Antártida, que se cubre con una enorme barrera de hielo. Aunque se han realizado varias exploraciones (por algún tiempo los exploradores han permanecido ahí), el continente está casi desierto. La estructura de la Antártida forma una inmensa red de campos de hielo interconectados a los valles de las altas cumbres. La existencia de flora y fauna es muy inferior en comparación con el Polo Norte. 

Los viajes que se hacen a la Antártida son en la primavera y en el verano, cuando se presentan las temperaturas más altas. No hay ciudades ni poblados, sólo hay bases de investigación de distintos países, pero cuando empieza el otoño la gente se regresa. Nosotros fuimos en el último barco del año.

JP. Que aún así, es la etapa más fría para turistas.

RF. Así es, la etapa más fría, terminando el verano. Fue padre porque en el punto más lejano al que llegamos, ya se empezaba a congelar el agua, aunque era una capita de nada. Cuando en verdad hace frío, ni el rompe hielos podría pasar. En el invierno es imposible estar ahí.

Además, para llegar pasas por el mar más agresivo del mundo, donde se juntan el Pacífico y el Atlántico.

JP. Me imagino, el barco se ha de mover muchísimo.

RF. ¿Viste la película de ‘La Tormenta Perfecta?

JP. ¡No! En serio. A ese grado.

RF. Lo único que te puedo decir es que las olas de esa película si existen. Puedes buscar videos en YouTube con el nombre de ‘Pasaje de Drake’, es impresionante.

El Pasaje de Drake, Paso Drake o Mar de Hoces, es el tramo de mar que separa América del Sur de la Antártida, entre el Cabo de Hornos (Chile), y las Islas Shetland del Sur (Antártida). Este paso marítimo, a veces denominado impropiamente estrecho, es la más austral de las rutas de comunicación entre el océano Pacífico y el océano Atlántico. Su anchura mínima es de 800 a 950 kilómetros y sus aguas son tradicionalmente consideradas por los navegantes como las más tormentosas del planeta. 

JP. ¿Tu llegaste a vivir eso?

RF. No. Yo iba mentalizado a que iba a ser rudo, pero la verdad estuvo muy tranquilo. Vamos, si fue rudo, pero el trayecto no se me hizo insoportable. Vas en un barco enorme con cien personas, de los cuales, éramos los dieciocho buzos, un grupo de japoneses que iban filmando un programa con una botarga muy divertida llamada Funasi, que es como un Pokémon medio mal hecho, pero más famoso que Mickey Mouse en Japón, y el resto puros viejitos retirados que van a ver pingüinos y hacer caminatas por la Antártida. Si es un lugar turístico, sobre todo para los que tienen el tiempo y el dinero para ir; nosotros éramos los locos que nos íbamos a meter al agua.

JP. Cuánto tiempo dura el mal tiempo en el barco, sobre todo, las olas fuertes que nos platicas.

RF. Pues prácticamente los dos días. Pero te digo, a mi no me tocó tan rudo. Claro que había gente que no paraba de vomitar, porque el barco si se mueve. Son por lo menos olas de siete a nueve metros de altura todo el tiempo.

JP. Así que los viejitos ricachones van a sufrir en sus vacaciones.

RF. Algunos si lo sufrieron. Yo no, creo que me estoy volviendo un viejo lobo de mar. Pero platicando con la tripulación nos decían que llegan a tener olas de veinte metros de altura. Imagínate eso.

JP. Sí, del tamaño de un edificio de diez pisos.

RF. Exacto. La ventaja es que vas en un barco enorme y muy pesado. No es de lujo, por que no es un crucero, pero lo suficientemente cómodo para aguantar el viaje. Por el peso y el tamaño, las olas no se sienten tanto. Me han dicho que se han hecho expediciones en velero a la Antártida, ahí si no sé cómo le hacen.

JP. ¿Hay forma de llegar en avión?

RF. Sí, si viajas de Chile. Son los únicos que tienen pista de aterrizaje en su base. Sé que es un vuelo carísimo pero es la única forma de llegar. Lo usan normalmente para dejar provisiones y millonarios que tienen el dinero para pagar el viaje en avión; cuando llegan se suben a un rompehielos que ya está en la Antártida.

JP. No hubo ningún momento en que sintieras miedo.

RF. No, para nada. En el barco nunca.

JP. ¿Qué haces durante el viaje en esos dos días de trayecto? Me imagino que debes de conocer gente muy interesante.

RF. Te llevas un buen libro y buena música. Por supuesto, conoces gente súper interesante. Eso me ha pasado en todos los viajes. Estás con gente de todo el mundo, además de los buzos mexicanos.

JP. ¿No los veían como rockstars? No volteaba la gente y decían: “ahí van los locos que se van a meter al agua helada”.

RF. De hecho sí. Nos juntaban a todos para la comida y en el bar se daban las presentaciones. De repente anunciaban: “este es el grupo de los ‘walkers’ que van a hacer caminatas”; nosotros, bromeando, les decíamos los walking deads porque eran puro viejito que nada más iban a pasear. A nosotros nos presentaron como los ‘mexican divers’, y si la gente se nos acercaba para platicar.

JP. ¿Cuánto tiempo tarda el viaje en total?

RF. Efectivo en la Antártida estuvimos ocho días, más los cuatro días en el barco, de ida y regreso.

Es muy padre porque en el tiempo que estuvimos ahí, nos metimos al agua seis veces, no todos fueron buceos, una decisión que tomamos en grupo porque el agua es muy turbia, por la misma concentración de sal, entonces no se ve mucho. Un día, nos metemos al agua y había por lo menos ocho ballenas, pero por el agua tan turbia, no las veíamos. Yo alcanzaba a ver una mancha que pasaba por debajo de mi, sabía que era una ballena, pero no podía distinguirla y la misma cámara no alcanzaba a tomarla.

JP. ¿Qué ballenas pudiste ver?

RF. Hay de todo. Desde el barco nos tocó ver orcas cazando y es impresionante. Se devoraron un ballenato, una escena muy fuerte, pero al final es la ley de la vida en su hábitat natural. También vimos jorobadas, ballenas de minke y fin whale (ballena de aleta).

JP. ¿Los guías en el barco te van diciendo las especies?

RF. Es padre porque de hecho hay fotos de las distintas especies que puedes encontrar durante el viaje entonces tu mismo las vas buscando: ‘mira, hoy vimos minke’, por ejemplo. También avisan cuando hay algunos avistamientos para que la gente pueda verlas mejor.

En el agua creo que fueron jorobadas, pero si te soy honesto, me desesperé porque realmente no veía nada; incluso no veía a mi compañero a dos metros de distancia. Terminé subiendo y tenía la ballena enfrente de mi respirando; acabamos snorkeleando en lugar de bucear. Para poder ver cosas tenías que estar en el fondo viendo la piedra donde hay alga, mejillones, ostiones, estrellas de mar como si hubieran tirardo M&M’s en el fondo del mar, miles de puntitos de colores; hay mucha vida, pero lo tienes que ver muy pegado y sólo en el fondo del mar. Toda la acción, la foca cazando al pingüino, el pingüino nadando, la ballena, lo ves a nivel de la superficie. Y al final, nosotros vamos por la acción. Tenemos el check que nos metimos a bucear, pero el resto lo hicimos con snorkel y creeme que vi todo lo que tenía que ver. Saqué la foto de mi foca leopardo, tres veces me tocó verla en el agua.

Fue un viaje muy completo porque en la mañana nos llevaban al agua y en la tarde bajábamos con los grupos a tierra. Ahí estábamos en contacto con los pingüinos, hacíamos caminatas y disfrutábamos del paisaje.

JP. Repetirías el viaje a la Antártida, como lo hizo Luis, diez años después, o ya viste todo lo que tenía que ver.

RF. Cada viaje te da más cosas. No estaría entre mis prioridades, primero prefiero ir al norte para ver algo diferente que no he visto, pero algún día regresaré a la Antártida, sobre todo para buscar al pingüino emperador. Es un viaje especial, porque el barco tiene que tener un helicóptero para poder llegar a la zona donde habitan, que es ya muy adentro de la Antártida.

JP. ¿Qué te dejó viajar al lugar más remoto de la Tierra?

RF. Te puedo decir que la Antártida, hasta hoy, es el mejor viaje de mi vida. Es el territorio menos explorado del mundo y estando ahí te das cuenta que no somos nada. La naturaleza es impresionante. Es un lugar que se ha mantenido lejos de la mano del hombre y espero se siga manteniendo así. Cuando ves las formaciones de hielo es impresionante. Los glaciares me impactaron. El barco tiene cinco piso de altura y era nada junto a las formaciones de hielo de cuarenta o cincuenta metros de altura.

Para donde volteas, todo es un paisaje de revista. Bromendo, un amigo tomaba la cámara y decía: “mira voy a sacar una foto de portada”, la sacaba la foto sin ver, y de todas, todas, salía una imagen maravillosa.

JP. ¿A qué temperatura llegaron a estar?

RF. Lo más frío que nos tocó fue -29 grados y sensación térmica de -36, que si es muy frío, pero no las temperaturas inhóspitas que esperaba vivir.

JP. ¿Qué piensas cuando estás en medio de la nada?

RF. Me sirvió mucho para hacer introspección y meditar. Ahí tomé la decisión de dejar mi trabajo, no podía depender de una empresa para poder realizar los viajes. Te puedo decir que el cielo más impresionante que he visto en mi vida fue ahí, y no sé si alguna vez voy a volver a ver algo igual.

“Me gustaría haber visto lo que ningún hombre ha visto aún, aunque tuviera que pagar con mi vida esta insaciable necesidad de saber”, fragmento del libro Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino de Julio Verne. 

JP. Me imagino, pudiste ver todas las estrellas del mundo.

RF. Olvídate de las estrellas, la Vía Láctea a simple vista; como salir al espacio. No me tocaron auroras, porque no era temporada. Pero cuando vi ese cielo me cuestioné todo. ¿Qué hago aquí? ¿Cómo llegué? ¿A dónde quiero llegar?

Vi los contrastes de la naturaleza. En Galápagos me tocó ver un tiburón cazando, pero aquí ver a la foca matando un pingüino fue mucho más impresionante. Los pingüinos son increíbles, súper amigables, te encariñas con ellos, y después ves a una bestia persiguiéndolos para comérselos sin piedad. Las mismas orcas cazando al ballenato. Son cosas que realmente te llegan.

JP. ¿Eres otra persona después de hacer estos viajes?

RF. Totalmente. Soy mucho más sensible y conciente, con más amor por las cosas. No consumo productos que puedan dañar al medio ambiente. Trato de ayudar a organizaciones que tienen que ver con conservación animal.

JP. Pero sigues comiendo carne, ¿no? Porque hay gente que se va al extremo y se les olvida que también es parte de la naturaleza. Tu lo acabas de describir: la foca cazando al pingüino o las orcas al ballenato. Al final es parte de la vida.

RF. Sí, claro, no voy a dejar de ser carnívoro, pero soy conciente que son animales de consumo. Al final comer plantas, también es comer un ser vivo. Uno de los momentos más aberrantes de mi vida fue ir a un torneo de pesca con mis jefes del trabajo y ver como sacaban un marlín, cuando yo pago por verlos vivos y tomarles fotos.

Al terminar la conversación con Roberto y ver las despertó en mi el explorador que llevo dentro. Las postales de la Antártida son paisajes y lugares que al menos todo mundo debería poder ver una vez en su vida. Admirar esos cielos es lo más cercano a viajar al espacio sin dejar el planeta, ¿cuántos podemos realmente vivir algo así?.

Qué pequeño es el hombre ante la inmensidad y qué efímero su paso por el mundo. Scooby, como lo conocemos sus amigos, me confesó que en un momento de soledad le pasó algo que nunca le había ocurrido: se conmovió tanto que rompió en llanto; el mayor momento de meditación e introspección de su vida, ahí donde los hielos milenarios se sentaron a esperar la llegada del hombre que viajo al fin del mundo para contarnos la historia con sus imágenes.

El la tercera parte de la entrevista, Roberto viajó a Banco Chinchorro para buscar la especie número uno en su lista de los animales marinos más peligrosos: el cocodrilo de agua salada. Otra aventura inolvidable que no se pueden perder. 

Historias del Mar y de la Vida. Entrevista con Roberto Fuentes, Parte I.

Foto de Portada y Fotogalería, cortesía Roberto Fuentes. Para ver más fotos y videos del trabajo de Roberto entren a www.scoobaphoto.mx y síganlo en sus redes sociales @scoobaphoto | FB/scoobaphoto | Instagram/scoobaphoto | Vimeo/scoobaphoto